El Instituto Almafuerte, ubicado en 9 de Abril, está atravesando un momento crítico que pone en riesgo su existencia y el legado que ha mantenido durante más de seis décadas. Esta institución, que alberga a aproximadamente 1400 alumnos abarcando los tres niveles educativos, se enfrenta a la posibilidad de su cierre tras una resolución judicial que ordenó la disolución de la sociedad que la gestiona y la liquidación del establecimiento a partir del 31 de diciembre. Este conflicto se origina en una disputa entre socios y herederos que se ha prolongado por diez años. En este contexto, la comunidad educativa organizó una protesta el pasado martes en el patio del colegio, que definieron como “el último intento por salvar al colegio”. La manifestación reunió a estudiantes, exalumnos, padres, docentes, preceptores, comerciantes y vecinos de un barrio que ha construido su identidad en torno a esta institución educativa. Sandra Viviana Verón, quien cursó sus estudios en el Almafuerte y cuyos hijos y nietos también asisten a la escuela, comentó acerca del impacto que esta situación ha tenido en su familia: “Esta situación atraviesa a mi familia por completo”. Aunque el conflicto era conocido de antemano, Verón relata que la resolución judicial les tomó por sorpresa, lo que la llevó a involucrarse activamente en las movilizaciones: “Nos enteramos el viernes pasado y seguimos sin poder creerlo”, lamenta. Zenaida de Carrión, madre de dos alumnos, expresa su shock ante la situación: “Duele saber que una institución de esta categoría vaya a cerrar. Aquí hay educación de calidad, respeto y se les enseña todo a los chicos. Amo esta escuela y quiero que mis hijos sigan estudiando aquí”. Ambas mujeres destacan la función crucial que el Almafuerte ha desempeñado en una zona donde la oferta educativa es escasa, especialmente en el nivel secundario. “Para muchas familias, sacar a sus chicos de aquí implicaría gastos muy altos en logística, porque cerca no hay otras opciones”, señala De Carrión. Verón relata que algunos padres ya han comenzado a buscar alternativas, pero que no han encontrado vacantes disponibles: “Nos dejaron, la verdad, a todos con las manos atadas”. También advierte que el cierre del colegio tendría repercusiones negativas en la actividad comercial de la zona, que se nutre de la constante afluencia de estudiantes y sus familias. La historia del Instituto Almafuerte se remonta a 1960, cuando el establecimiento comenzó formalmente su actividad educativa, el cual nació a partir de unas clases de apoyo dictadas por Domingo Antonio Francisco Motta, su esposa Carmen Fernández Veiga y su hija María del Carmen. Lo que comenzó con apenas una docena de alumnos se transformó, más de seis décadas después, en una comunidad educativa conformada por cerca de 1400 estudiantes. María del Carmen, hija de Don Motta, continúa al frente de la institución. Durante décadas ha contado con la colaboración de Orlando Antonio Pintos, quien fue un socio y figura clave en su expansión hasta su fallecimiento en 2011, además de Ana María Falzarano, que ingresó como docente en 1977 y posteriormente se convirtió en responsable de su sostenimiento y desarrollo. Después de la muerte de Pintos, su viuda y dos de sus hijos herederos iniciaron un proceso judicial para disolver la sociedad, ya que no lograron llegar a un acuerdo sobre la división de la propiedad. A partir de esta situación se generó una disputa societaria que se extendió por más de una década. En 2024, una decisión de primera instancia permitió encauzar la situación y asegurar la continuidad del establecimiento mediante una adecuación de la sociedad a un marco legal. No obstante, la Cámara de Apelaciones de Lomas de Zamora revirtió esta resolución y ordenó avanzar con la disolución y liquidación de la sociedad. “En apenas dos meses se revirtió la sentencia y se decretó la disolución y la liquidación de la sociedad”, cuestiona el actual representante legal de la comunidad del colegio, Rodrigo Pinto Falzarano, nieto de Orlando, sobrino de Ana María e hijo del heredero que no está involucrado en el conflicto. El resultado de esta decisión, alerta, es que el colegio solo tiene autorización para funcionar tres meses más. “Hoy nosotros tenemos un certificado de defunción. Hasta el 31 de diciembre podemos seguir funcionando, pero no tenemos garantizada la continuidad”, afirma. Este conflicto amenaza con impactar profundamente sobre una institución que ha estado enraizada en 9 de Abril y que cuenta con una comunidad educativa compuesta mayoritariamente por familias trabajadoras, además de una considerable población migrante, incluyendo descendientes de eslovenos y comunidades bolivianas, peruanas y paraguayas. Patricia Grill, a quien todos llaman “Pato”, es comerciante, exalumna y vecina del barrio desde hace 53 años. Su conexión con la escuela es también familiar, ya que sus abuelos, de ascendencia eslovena, participaron en la construcción del establecimiento junto a “Don Motta”, que ha acogido a numerosas generaciones. “Son muchas las generaciones. Somos una familia”, sintetiza. Para Grill, el Almafuerte también es fruto del esfuerzo colectivo de la comunidad: “Esto lo construyó toda la localidad de 9 de Abril. Todos los que estamos aquí, desde los comerciantes, los alumnos y los profesores, siempre fuimos unidos. Fue una escuela que nos unió siempre”. Ella prefiere no tomar partido en la disputa entre los socios y los herederos, y pide centrarse en la solicitud de continuidad del colegio. “La interna la tienen que resolver ellos. Nosotros lo que pedimos es que la escuela permanezca abierta”, sostiene. Además de los 1400 alumnos que concurren actualmente, asegura que existe demanda de nuevas familias que esperan conseguir una vacante. Por ello, la comunidad mantiene su movilización y ha hecho saber que una comitiva presentó el reclamo en la sede de la gobernación provincial en La Plata. “Fueron padres con carteles de los chicos para que alguien nos informe y nos diga qué va a pasar con la escuela”, comenta. Después de la protesta, un grupo de padres fue recibido por consejeros generales de educación de la provincia, quienes solicitaron a la Dirección de Educación de Gestión Privada (Diegep) y a la Subsecretaría de Educación una intervención prioritaria para evaluar el futuro de la escuela y garantizar la continuidad educativa de sus alumnos. El pedido incluye un relevamiento oficial de las vacantes disponibles para 2027, la capacidad real de las escuelas más cercanas para absorber la matrícula y el impacto que un eventual cese de actividades podría tener en estudiantes, familias y docentes. Según se ha podido conocer, el Almafuerte recibe una subvención provincial del 80% destinada al pago de salarios de docentes y no docentes, contando con más de cien empleados, y cobra cuotas de entre $120.000 y $130.000 para cubrir los gastos de funcionamiento e instalaciones. El colegio ocupa nueve lotes y la estructura se presenta en óptimas condiciones, habiendo incorporado en los últimos años talleres de robótica, impresión 3D y clases de natación. “Hay gente que vino después de mucho tiempo y dice: ‘No puedo creer lo que es la escuela, lo que se ha avanzado’”, comenta Pinto Falzarano. Esta imagen contrasta con el entorno que rodea al colegio, ubicado a tan solo 150 metros del Camino de Cintura, en una zona marcada por el crecimiento de asentamientos, la disminución de la actividad industrial y el deterioro del espacio urbano. En este sentido, los abogados de los socios que buscan la continuidad del Instituto están gestionando una nueva instancia judicial que permita preservar la institución y, al mismo tiempo, atender el reclamo económico de los herederos. “La Justicia debería establecer la parte que les corresponde y hacer frente a eso, pero con la escuela funcionando”, plantea. La institución ha presentado una nueva propuesta ante la Sala III de la Cámara de Apelaciones y espera que el expediente regrese al juzgado de origen. La movilización en el patio del colegio para exigir la continuidad del Almafuerte fue significativa, con la participación activa y masiva de los estudiantes, quienes durante gran parte de la jornada fueron los portavoces del sentir de la comunidad, con una notable capacidad de expresión. Entre ellos, se encuentra Mateo Sepúlveda, de cuarto año, que ha estado en la escuela desde el jardín. En diálogo, describe que la incertidumbre sobre el futuro del colegio se ha transformado en “una agonía constante” y en una preocupación que abarca a todo el alumnado. “Es una situación muy delirante, decepcionante. Es angustiante pensar que la escuela puede cerrar, aunque todavía existe la esperanza de que no suceda”, explica. Su vínculo con la escuela, según relata, va más allá de lo académico: “Este colegio es mi vida. Podría contar muchas historias aquí. Mis papás se conocieron aquí, así que prácticamente gracias a este colegio nací”. Tiziano Vallejos, también de cuarto año y alumno desde el jardín, comparte la misma sensación. “Nos quedaríamos sin nuestros amigos, sin nuestra segunda casa, que es aquí”, afirma. Para él, el probable cierre significaría romper un vínculo construido a lo largo de los años con sus compañeros: “No creo que en otro lugar haya logrado formar un grupo de amigos como el que tengo aquí”. Su familia, agrega, espera que la escuela pueda continuar, no solo por la incertidumbre sobre el futuro, sino también por las complicaciones para conseguir una vacante en otro establecimiento. Bárbara Chilliguay, que cursa el último año y tiene una hermana menor en el jardín, describe como “bastante angustiante y desesperante” la situación, así como el tener que ver a sus padres “salir a buscar otra escuela para ella con la tristeza que hay en este momento y a esta altura del año”. Para la adolescente, el Almafuerte es “como una casa”, un espacio en el que llegó al inicio de la secundaria y donde ha forjado vínculos con sus compañeros: “He visto cómo la escuela ha crecido. Mis compañeros, el entorno, es muy acogedor”. Bautista Tambo, también de último año, resalta el impacto que el cierre del colegio tendría en todo el barrio. Recuerda que el Almafuerte fue uno de los primeros colegios en la zona y subraya su influencia en los negocios de la calle Restelli, como librerías y quioscos. “La importancia que tiene el colegio es grandísima”, sostiene. Y subraya: “No solo perjudicaría a todas las familias, que somos 1400 alumnos, sino también al barrio”. Añade que su hermano menor, que cursa primer grado, también se vería afectado por la pérdida de sus compañeros y que la familia ya ha enfrentado dificultades para conseguir una vacante en otra institución. “Esto nos afecta a todos”, concluye.