Apenas sabidos los resultados de las elecciones presidenciales de octubre del año pasado, y dándose cuenta que también habían perdido la gobernación de la mano de Anibal Fernández, casi todos los intendentes se abroquelaron y construyeron un nítido esquema para salir inmediatamente del asedio político de Cristina Fernández de Kirchner.
En esos primeros tiempos los jefes comunales que sobrevivieron a la oleada amarilla de Cambiemos decían sin tapujos cuánta responsabilidad le cabía de la derrota a la ex presidente y se juntaban para saber cómo serían sus días y sus relaciones con los gobiernos nacional y provincial que desconocían.
Esos intendentes, que no se ofendieron cuando se los llamaban “dialoguistas”, ayudaron, no sin conseguir un montón de dinero para sus municipios, a aprobar los presupuestos y las leyes que requería la recién llegada María Eugenia Vidal.
Hasta alguno de los que nunca renunciaba a su pertenencia kirchnerista como el intendente de Moreno, Walter Festa, se animaba a insinuar lo imprescindible que era para todos los peronistas dialogar con quien fuera eyectado del espacio y casi declarado como enemigo público: Sergio Massa.
A un año de esas expresiones y fotografías, todo cambió. Y los que ayer se cuidaban ahora no lo hacen tanto, y a pesar que se juramentaron decir públicamente que “el enemigo es Macri”, no todos lo sienten de la misma forma.
Uno de los puentes que se rompió fue el que unió casi inmediatamente al inicio de 2016 los municipios de General San Martín y Merlo, conducidos por personas con gran criterio político y las mismas metas: Gabriel Katopodis y Gustavo Menéndez, respectivamente.
“El tano es un genio”, decía el primero sobre el segundo. “Cuidalo que es un fierro”, le pedía a cada interlocutor el merlense sobre el de San Martín. Ya no.
Ese quiebre refleja no solo los posicionamientos últimos sobre diferentes pre candidaturas sino la falta de diálogos sinceros y mucho más amplios que los que obliga a una táctica electoral.
Así, lo que el poco impúdico a la hora de declarar, el presidente del PJ bonaerense Fernando Espinoza expresa cada vez que se aleja un micrófono aparece en el horizonte del frágil mosaico peronista: “sería muy lindo llegar a la unidad, pero cuando aparezca Cristina (por Fernández de Kirchner) muchos se van a espantar y van a empezar a dar miles de excusas”.
Hoy solo un puñado de intendentes acompañan la anunciada aparición de Florencio Randazzo y aparecen en brutal minoría con respecto a los que aún ojean o ya le han dado un guiño a los kirchneristas como Verónica Maggario, la intendente de La Matanza.
Del original Grupo Esmeralda solo quedan como expresión diaria dos intendentes del Conurbano: el ya mencionado Katopodis y su par de Hurlingham, Juan Ignacio Zabaletta. El otro que promociona su nombre es “Bali” Buca, de Bolívar.
Martín Insaurralde, de Lomas de Zamora, o Fernando Grey, de Esteban Echeverría, se han alejado raudamente de ese espacio, por las mismas razones que siempre están en los otros. La posibilidad más cercana del éxito.
