Hay dos oficialismos: Uno nacional, encabezado por Mauricio Macri, y otro provincial, que conduce María Eugenia Vidal.
Hay dos oposiciones. O tres si integramos al massismo. Y también se dividen en nacional y en provincial.
Para bailar el vals, siempre se ha dicho, hacen faltan dos. Acá, como hemos dicho, hay dos o más. Con lo cual no habría que haber inconvenientes… pero las hay.
Tanto en la Nación como en Provincia, Macri y Vidal proponen lo mismo: acordar con la oposición lo máximo posible para ejecutar políticas no del todo agradables y hasta rayanas al ajuste que, todos sostienen, terminarán favoreciéndolos en las próximas elecciones de 2019.
Pero el peronismo y el massismo se comportan de manera diferente. Mientras que al presidente todo se lo hacen mucho más difícil, cambiándole la cancha todos los días, a la gobernadora la acompañan en la mayoría de las operaciones y votaciones.
En ambos lugares hay opositores “dialoguistas”, nada más que para los intendentes peronistas se les hace mucho más sencillo acompañar a la política con mejor imagen del país mientras que a los gobernadores y líderes legislativos no los tienta acompañar a un presidente al cual ellos mismos se han encargado con relacionar con el ajuste.
Así las cosas, parece que lo observado en los últimos diez días se replicará durante los próximos dos años, en los cuales los consensos serán efímeros y durarán lo mínimo indispensable.
Ayer asumieron las autoridades del PJ provincial encabezadas por Gustavo Menéndez, el intendente de Merlo, quien en público se muestra dispuesto a dialogar con Vidal o Macri, pero en privado no duda en reunirse e impulsar la reunificación del peronismo, en todas sus formas. Sergio Massa, Cristina Kirchner y el Papa Francisco deben estar dentro de este conglomerado político para enfrentar al oficialismo.
Igualmente, su idea no siempre encuentra interlocutores adecuados. Fernando Espinoza, ex intendente de La Matanza, o Mario Secco, intendente de Ensenada, quien ingresó cual barrabrava a la legislatura bonaerense espantan a cualquier independiente que pretende que el peronismo se renueve tal cual lo hizo Antonio Cafiero hace 30 años.
Hoy Cristina vendría a hacer la mezcla de Herminio Iglesias y los sindicalistas de las 62 organizaciones de aquel momento. Más cerca en el tiempo, se puede comparar con el menemismo salido del poder. Retenían un grupo duro, pero cualquiera que se les acercara, cualquiera fuera su poder electoral, se reducía a ese núcleo de los ultras.
En el Parlamento nacional, el peronismo masivamente votó en contra de las reformas propuestas a pesar que estas beneficiaban a sus gobernadores, que habían firmado el acuerdo para su tratamiento.
En la Legislatura bonaerense, solo una minoritaria representación de kirchneristas se opuso a las reformas jubilatorias impulsadas por Vidal.
Así las cosas, muchos le reclaman al gobierno que se siente a negociar una “nueva mayoría”. Es decir, acordar, cooptar o alquilar legisladores y gobernadores opositores. Pero tal cual refería un intendente “dialoguista”, “son muy metódicos… Muy diferentes al kirchnerismo, que compraba todo a libro cerrado”.
