Sociedad

Un giro a los 50: la transformación de un chef premiado que a los 68 sigue innovando

A los 50 años, Julio Lunghi Mazzieri decidió cambiar radicalmente de rumbo. Hoy, a sus 68 años, es el chef responsable de A Fuego Fuerte, un restaurante de renombre en Palermo que ha sido reconocido en tres ocasiones por la prestigiosa Guía Michelin. Su historia, repleta de aprendizajes, se basa en tres principios que podría compartir como consejos: nunca dejar de aprender, atreverse a seguir los propios deseos y valorizar el encuentro con los demás.

El restaurante A Fuego Fuerte, un interesante establecimiento enclavado en una casona antigua, ofrece un menú degustación de 17 pasos en el que cada plato refleja un enfoque especial hacia el fuego y la trayectoría personal de Lunghi. Nacido en el campo y con un background en marketing y coaching ontológico, trabajó durante tres décadas en estrategia de imagen para empresas y agencias de prestigio.

Esa experiencia previa fue fundamental para su actual éxito. “A los 40 y pico, recibí una propuesta de un estudio para un proyecto en Francia. Al llegar, todo era deslumbrante, con un portafolio que incluía grandes marcas. En el área creativa éramos un grupo de 12 personas, y la asistencia a inauguraciones era parte de nuestro trabajo. Recuerdo que llegábamos en limusinas, todos siguiendo un mismo código de vestimenta”, rememora Julio, evocando una atmósfera similar a la de una serie de televisión ambientada en París.

Durante cinco años, Lunghi viajó con frecuencia, en ocasiones hasta por tres meses, y aprovechó esos momentos para aprender francés al mismo tiempo que se formaba en gastronomía a través de cursos modulares.

“La cocina me parecía un universo maravilloso; en mi familia, siempre fue una cuestión cultural pensar en lo que íbamos a cocinar, especialmente cuando recibíamos visitas. Me dije que intentaría y, si me gustaba, seguiría. Me enamoré de la cocina profesional, su técnica y el protocolo. Cuando quise darme cuenta, ya había culminado mi formación”, expresa.

Un amigo lo animó a abrir su propio restaurante. Era antes de la pandemia, en un contexto donde comenzaban a proliferar las cocinas a puertas cerradas. Este amigo lo conectó con una plataforma que unía cocineros con comensales, lo que le permitió probar su propuesta de cenas en su hogar.

“En la primera cena, recibí a amigos; en la segunda, repitió la experiencia un grupo de conocidos. En la tercera se presentó una pareja desconocida. Ahí decidí que, si iba a hacer esto, lo haría como si tuviera un inspector de Michelin en la mesa y debía dar lo mejor de mí”, relata, aludiendo a una mentalidad que persiste en Francia pero que en su país aún se estaba forjando.

Con el tiempo, su actividad pasaría de ser un simple pasatiempo a convertirse en un emprendimiento serio. Luego de mudarse a un espacio más grande en Palestina para atender la creciente demanda, la pandemia afectó su proyecto, pero logró reponerse. El actual local en la calle Bonpland se convirtió en el símbolo de su progreso, con menciones de Michelin en los últimos tres años.

Julio dejó atrás el mundo del marketing. “La cocina me cautivó, y me hizo sentir que era mi lugar. Siempre comento que si en algún momento siento que operar el restaurante se convierte en una carga, ese será mi último día allí”, afirma con determinación.

La gestión de un restaurante de alta demanda conlleva su propio conjunto de desafíos. “Tengo la suerte de contar con un equipo que me respalda, pero también he invertido mucho en capacitación. Realicé estudios en coaching ontológico que aplico en el trabajo. Estoy muy atento al bienestar del equipo, no solo desde lo económico, sino también emocionalmente”, sostiene.

Además, busca equilibrar su vida personal y profesional. “Generalmente me quedo en el despacho hasta el final del servicio, pero me reconozco como alguien que empieza el día cuidando de sí mismo: me despierto alrededor de las 8.30, disfruto de unos mates, medito entre 15 y 20 minutos, y agradezco por todo lo que tengo”, dice.

Su familia ocupa un lugar central en su vida. Está en contacto constante con sus cuatro hijos, que residen en México. “Trato de organizarme para hablar o intercambiar mensajes con ellos todos los días, lo cual es muy importante para mí”, asegura.

Además, vibrando en los momentos especiales, manifiesta su alegría cuando en el restaurante celebra un cumpleaños o aniversario, lo que le permite conectar con su clientela y agradecerles por elegir su cocina en momentos significativos.

Definido como amigable, disfruta de actividades sociales como ir al teatro y salir a comer. En su perfil de LinkedIn deja entrever su visión sobre la dinámica de las relaciones laborales. “El ámbito comercial está atravesando un cambio significativo, con un crecimiento de modelos colaborativos y empáticos que antes eran inimaginables. Aquellos que crecimos en un contexto más tradicional tenemos que adaptarnos a estas transformaciones”, postula.

Al preguntarle qué consejo ofrecería a quienes, como él, se encuentran en la segunda parte de su vida buscando realizar cambios, responde: “Si volviera a tener 50 años, elegiría hacer lo mismo. Quedarse con las ganas es lo peor que te puede pasar. Lo más que puede suceder es que no funcione o no te guste, pero lo que verdaderamente asusta son las oportunidades perdidas”.

Para él, vivir plenamente es esencial. “Si amas cocinar, bailar, disfrutar de la música, hazlo. No dejes que las opiniones ajenas te detengan. Recuerdo que cuando decidí abrir mi restaurante, algunos me decían ‘Bueno, si te divierte…’. En mi primera experiencia viajando a Europa a los 21 años, un consejo de mi abuela resonó: ‘Si no lo vas a hacer ahora, ¿cuándo?’ Y tenía razón. Si sientes algo fuerte, actúa, porque si no es ahora, ¿cuándo?”.