En el ámbito del diseño interior, hay una técnica comúnmente aplicada que facilita esta tarea: la regla del 60-30-10. Esta fórmula sugiere distribuir la paleta de colores en tres proporciones diferenciadas. Pilar Simón, especialista en decoración y cofundadora de Massio Concept, la propone como una guía accesible para quienes desean integrar color sin sacrificar la armonía del espacio.
El 60 por ciento de la paleta debe corresponder al color dominante, que en el contexto de una cocina suele ocupar las superficies más visibles, como paredes, techos o partes amplias del mobiliario. En general, los tonos suaves como el blanco roto, beige, crema, teja clara y maderas naturales funcionan bien para esta proporción.
Optar por un color relativamente neutro como base resulta beneficioso, ya que facilita la combinación con otros colores. Además, permite realizar cambios en los tonos secundarios o en los accesorios sin necesidad de una reforma total de la cocina.
El 30 por ciento queda reservado para un color secundario que tiene la función de aportar contraste y estructurar el ambiente sin opacar el tono principal. En la cocina, este color puede aparecer en los muebles inferiores, una isla, sillas, revestimientos específicos o áreas de almacenamiento.
Simón sugiere tonalidades como azul marino, verdes intensos o marrones, que brindan carácter al espacio sin dominar la atmósfera. Si se opta por una base clara, el color secundario puede contribuir a generar profundidad y definir áreas específicas dentro de la cocina.
Finalmente, el 10 por ciento está destinado a los colores de acento. Aunque es la proporción más pequeña, ofrece la oportunidad de experimentar un poco más. Esta fracción puede aparecer en elementos como lámparas, banquetas, pequeños electrodomésticos, cuadros, bandejas, utensilios visibles, jarrones o piezas decorativas.
En esta parte se pueden incluir colores más intensos como rojo, mostaza, rosa o azul brillante. Debido a su menor extensión, pueden destacar sin abrumar el espacio. Simón enfatiza la posibilidad de incorporar un rojo inesperado en una cocina predominantemente neutra, por ejemplo, a través de una lámpara.
Esta regla no requiere que se midan las superficies de manera rigurosa. Los porcentajes sirven como referencia visual para asegurarse de que los tres colores no compitan entre sí. El fin es que haya un color claramente dominante, otro que lo complemente y un tercero que se presente de forma puntual.
Para quienes temen incorporar excesivo color, una estrategia sencilla consiste en mantener el 60 por ciento en tonos claros y reservar las decisiones más arriesgadas para el 10 por ciento. Así, modificar el aspecto de la cocina puede ser tan simple como cambiar algunos accesorios.
Además, se puede explorar en áreas menos obvias. Por ejemplo, el interior de un armario, una puerta o una pequeña estantería pueden pintarse de otro color, aportando un toque sorprendente sin alterar la composición general.
La iluminación y los materiales juegan un papel significativo en el resultado final. Un mismo color puede lucir diferente sobre distintos materiales como madera, cerámica o metal, y su apariencia puede cambiar según la cantidad de luz natural que reciba el ambiente. Por eso, es recomendable observar las muestras en el propio espacio antes de realizar una decisión definitiva.