Mientras la mayoría de los deportistas de élite siguen un camino lineal desde la infancia, la historia de Nicole avanza a contrarreloj. Su carrera comenzó a los 8 años, empuñando un palo de hockey en el club Gimnasia y Esgrima de Rosario. No fue sino hasta los 17 años que se topó con las artes marciales de manera accidental, al buscar alivio para dolores de espalda.
“Venía con muchas molestias y acordé con mi entrenador empezar a ir al gimnasio por mi cuenta. Fui a uno cerca de mi casa y un día el profe me dijo ‘Che, ¿no querés venir a probar la clase de judo hoy a la tarde?’. No sabía ni que existía… era verano, no tenía mucho que hacer y decidí ir. Hicimos un montón de cosas que me encantaron y quedé completamente enganchada”, cuenta.
Durante dos meses, intentó equilibrar la escuela con el hockey y el judo hasta que los horarios comenzaron a ser incompatibles, y optó por el tatami como su nuevo hogar. “Fue todo un proceso comunicarle a mis padres: ‘Che, al club de toda la vida no voy a ir más, ya no haré la rutina de jugar todos los sábados’. Pero ellos siempre me apoyaron y jamás dudaron; eso me ayudó mucho”, recuerda con satisfacción.
No obstante, el camino tuvo altibajos. Su primer impulso en el judo duró apenas dos años (2018 y 2019). Con el inicio de la universidad y la llegada de la pandemia por COVID-19, su judogi se quedó guardado durante tres años. A principios de 2024, casi como por diversión, decidió regresar. “Me reencontré con una compañera y me invitó. Pensé: ‘Arranco para pasar el tiempo’, pero no puedo hacer cosas solo por hobby; cuando me involucro, lo hago en serio. Enseguida pensé: ‘Bueno, voy al Nacional’. Y volví súper motivada a querer hacerlo de verdad”, rememora. Desde ese momento, su carrera fue en ascenso.
Lo que Nicole no imaginaba era que, solo dos años después de su retorno casual, se alzaría con un podio internacional. Al reflexionar sobre su experiencia, expresa inseguridades: “Todo el tiempo me pregunto si este es mi lugar, si es lo correcto. La mayoría comienza desde muy joven y sabes que habrá cosas que te costarán más porque las aprendés sobre la marcha. Eso te impacta. Pero el talento te lleva hasta cierto punto; luego necesitas disciplina y buenas decisiones, y creo que eso acelera mucho los tiempos”.
En este momento, todo es alegría. Conquistar el bronce en su ciudad le otorgó un sabor especial y motivador. “Estar en este torneo, rodeada de toda la gente que querés, hace que te olvides de las dudas y te genera algo interno que es: ‘quiero salir y darlo todo’. Cuando escuchamos al árbitro marcar la puntuación… piel de gallina. No se puede describir la emoción, es incomparable”, asegura.
Sin embargo, la adrenalina de los Juegos Suramericanos es solo una parte de la vida de Nicole. Mientras se recupera físicamente y lidia con la melancolía por despedirse de la delegación, su mente se enfoca en un objetivo diferente: concluir su tesis, que trata sobre judo, para obtener el título de kinesióloga.
“Estudié cinco años sin pausa y he estado preparándome para los Juegos mientras escribía la tesis. Combinar deporte y estudios es una exigencia: entrenar doble turno cuando se puede, asistir a la facultad por la mañana… el día se pasa volando”, detalla sobre el sacrificio realizado. Esta exigencia también acarrea costos. “En mi caso específico, es 100% autofinanciado por mi familia y por mí, aunque recibimos un notable apoyo de la provincia, lo cual es considerable. Ser deportista también implica una inversión”.
Con su carrera deportiva en ascenso y el título universitario a la vista, su futuro es una pizarra en blanco que admite no saber cómo llenar. “Me interesa la kinesiología respiratoria, una especialidad que conlleva un ritmo de vida intenso, con largas horas de guardia, lo cual no se sincroniza con las competiciones y con el formato de estar dos semanas fuera, regresar y volver a competir”, reconoce.
“Es la misma pregunta que me hago yo. Será un dilema del futuro, ja”, bromea sobre su deseo de ejercer pronto. “Dije que dejaría los estudios de lado, pero al salir del hotel planeo retomarlos para avanzar y reflexionar. Lo más inmediato es presentar la tesis. Después, todo serán nuevas oportunidades”, agrega sobre sus próximos pasos.
Por ahora, lo que tiene claro es que la medalla de bronce no tendrá un lugar fijo en la estantería de su hogar. Lejos de guardarla rápido, prefiere conservarla a mano para asimilar el logro que acaba de alcanzar. “Creo que la querré tener a la vista un tiempo, al igual que la credencial con los pines que intercambié con otros atletas”, confiesa, sonriendo antes de ir a tomar mate, reencontrarse con sus mascotas y, poco a poco, retornar a la rutina.