Desde que China puso los ojos en Argentina para comenzar a desarrollar un importante modelo en busca de ser una potencia futbolística, lo primero que pensamos los futboleros es: “Perdemos los jugadores y ellos pierden competitividad”, y es probable que así sea.
El modelo chino tiene una misión clara, y ya se lo había anticipado su presidente Xi Jinping a Mauricio Macri cuando se vieron en septiembre en Hangzhou: “Queremos que dentro de veinte años haya un Messi chino y para eso necesitamos la ayuda de ustedes”. Hoy, el seleccionado chino, ocupa el puesto 93° del ranking FIFA. Sin embargo, para eso falta mucho tiempo.
También tendremos tiempo para pensar en China sino solucionamos los problemas internos que habitan nuestro fútbol. Entonces pensemos en nosotros: miremos hacia adentro. Son muchos los (viejos) temas pendientes y debemos afrontarlos y arreglarlos para no seguir involucionando. Sino, claro está, los jugadores, emigrarán. Se enamorarán de mercados más confortables, sea China o cualquier otro, que les garanticen desarrollo deportivo, sí, deportivo, para que haya desarrollo se necesita un proyecto sólido y que se sostenga en el mediano o largo plazo. Sea chino u otro, el éxito económico está asegurado.
Desde diciembre del 2015 a esta parte hay infinidad de malas decisiones que pusieron como nunca antes al fútbol en estado terminal. Alcanza con citar y recordar algunos episodios: el empate 38 a 38 en las últimas elecciones, dónde se elegía el presidente de AFA, los candidatos: Marcelo Tinelli y Luis Segura.
A partir de ese hecho que no olvidaremos en la vida, el fútbol cayó estrepitosamente y quedó acéfalo.
El saldo, y de nuevo, sólo por nombrar algunos ejemplos, arroja: clubes fundidos, jugadores con sueldos más que atrasados, campeonato de treinta equipos, invendible. Cientos de entrenadores que perdieron sus puestos de trabajo en los últimos tres años. Partidos sin visitantes, comisión normalizadora, entrenadores con prestigio en el mundo, que se negaron a dirigir nuestro seleccionado. Y por estas horas, el fin del fútbol para todos. ¿O, el fin del fútbol?
Otro claro ejemplo, que no se puede soslayar y volviendo a los entrenadores, es el perfil que eligen los dirigentes al momento de seleccionarlos, palabras más, palabras menos, podríamos afirmar que piensan lo siguiente: se solicitan entrenadores cuyo único proyecto sea GANAR.
Sólo entonces, recuerdo la frase de este gran entrenador que pinta las cosas mejor que nadie, hablo de Jorge Sampaoli, cuando en una entrevista para Goal.com nos regala una frase con aroma a verdad absoluta: “Ganar como sea significa jugar con niveles de stress muy altos”.
Y el fútbol, desde lo deportivo, navega en aguas completamente difusas, tensas, donde la incertidumbre gobierna y expone a todos los protagonistas.
Ahora bien, lo que los futboleros nos preguntamos es lo siguiente: ¿cómo reconstruimos nuestro fútbol? Una pregunta que seguramente generará diversos, profundos, e interminables debates acerca de una solución posible.
Así vivimos; sin proyectos. Así respiramos; con intermitencias.
Así estamos.
Y así los futboleros no queremos vivir, porque tenemos sueños.
Porque entendemos que no hay presente; ni futuro posible si abandonamos la lucha, si cedemos o dejamos de soñar. Si eso ocurre, como nos está pasando, tenemos un futuro seguro, lo podemos vislumbrar, allá se ve, adelante, nítidamente, sombrío.
No obstante, los futboleros no claudicamos, miramos adelante, somos soñadores empedernidos, tenemos fe, y además, sabemos, porque nos lo contaron nuestros abuelos y nuestros padres: debajo de cada baldosa puede asomar un futbolista que nos permita mirar con horizonte. Y desde aquella luz de esperanza, nos abrazamos y nos aferramos para siempre.
Soñamos, por supuesto, con la reconstrucción del fútbol, pero sabemos que sólo es posible desde su origen, desde lo primigenio. Ya sabemos que tendremos futbolistas, (aunque ya no queden potreros).
Sólo entonces, pedimos e imploramos, porque es lo único que necesitamos para la remontada final, para ver nuestra bandera flamear, errante en un campo de juego.
Pedimos un único favor, no pedimos que devuelvan lo que se llevaron porque ya no podemos recuperarlo.
Los futboleros tenemos dignidad. Y vamos por eso.
Sólo pedimos una cosa: no se roben las pelotas y los arcos.
Porque los que soñamos y creemos en nuestro abuelos y nuestros padres, sabemos que con una pelota y un futbolista, todo es posible.
Allá vamos.