El propósito de Sheinbaum no es enfrentarse a China, sino atraer a su industria automotriz para que invierta en México, fabrique allí y, con el valor agregado de las plantas mexicanas, venda sus productos en Estados Unidos.
Así, la presidenta no solo evita antagonizar con China y responder únicamente a los reclamos de Donald Trump: también convierte a México en una pieza clave de la integración productiva entre las dos superpotencias.
Al menos tres grandes fabricantes chinos ya prevén invertir en México y construir instalaciones de producción automotriz de gran escala, con tecnología de última generación, para luego exportar desde allí a Estados Unidos.
Mientras tanto, pese al arancel del 50%, los automóviles chinos siguen ingresando al mercado mexicano en grandes cantidades. En términos mensuales, las importaciones ya alcanzan los niveles de 2025 y se espera que crezcan más del 20% este año.
La industria automotriz china atraviesa una etapa de innovación constante. Desde 2025, sus vehículos incorporan una cantidad cada vez mayor de equipos de inteligencia artificial (IA).
Frente a las trabas derivadas de las exigencias geopolíticas y de la disputa entre las dos potencias, las cadenas transnacionales de producción, como la automotriz, han encontrado una respuesta: profundizar la integración productiva y sumar participantes a esas redes.
En definitiva, las nuevas formas de integración mundial del capitalismo no nacen de las presiones geopolíticas, sino de su propia naturaleza orgánica y estructural. Por eso, ni siquiera los aranceles especiales de hasta el 50% consiguen detenerlas.
Este proceso también coincide con los intereses de Estados Unidos: “reindustrializar” su economía, ampliar las exportaciones manufactureras y reducir el déficit comercial y de cuenta corriente.
Por eso, el nuevo tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, firmado el 18 de agosto de 2020, no constituye un “acuerdo de libre comercio”, sino un pacto de integración productiva en el que las inversiones tienen más peso que el intercambio comercial.
En el mundo actual, la división entre “Norte / Sur” tiende a desdibujarse. La integración avanza según las pautas, los estándares y los criterios de la economía más avanzada, la estadounidense. La tendencia se acentúa porque el principal motor del crecimiento de Estados Unidos es la expansión generalizada de la revolución tecnológica de la inteligencia artificial.
En esta nueva etapa de integración productiva, el objetivo es “…atraer capital global, fortalecer las cadenas transnacionales de producción, expandir la manufactura, y crear empleos bien pagos”.
El proceso tiene como eje a Estados Unidos y avanza en dos direcciones: primero, profundiza de manera sistemática la integración de los tres países; luego, busca vincular al bloque con China, la otra gran potencia productiva, y con su vasto “hinterland” asiático. Allí se encuentran los países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, considerada la principal fuente de crecimiento de la economía mundial durante lo que resta del siglo XXI, según las previsiones de Donald Trump y Xi Jinping.
Desde 2017, México es el principal socio comercial de Estados Unidos, por delante de China. Ese año, el intercambio bilateral superó los US$ 890.000 millones y podría alcanzar US$ 1 billón al cierre de la década. Además, los principales productos mexicanos exportados a Estados Unidos ya no son los automóviles y sus piezas, sino los insumos para fabricar centros de datos y servidores, infraestructura esencial para la revolución tecnológica de la IA. Los productos mexicanos representan más del 40% del total de esos insumos. Todo esto se desarrolla con las pautas más avanzadas y los estándares más exigentes de la cuarta Revolución Industrial, cuya matriz es estadounidense.
En el capitalismo avanzado, especialización e integración son conceptos inseparables. A través de ese proceso, México participa de la integración mundial que hoy encabeza el acuerdo entre Estados Unidos y China, surgido del diálogo estratégico entre Trump y Xi hace más de un año. La iniciativa está destinada a culminar en 2026 y podría marcar un punto de inflexión, un auténtico salto cualitativo en la historia del capitalismo. El acuerdo estratégico de largo plazo entre las dos potencias queda ahora sellado por la revolución tecnológica de la IA, cuyos dos protagonistas principales son precisamente Estados Unidos y China.