Cecilia Molina se trasladó a California en 2020 debido a las exigencias de la empresa en la que aún trabaja. ‘Apenas llegué, noté que la gente me preguntaba sobre mi vestimenta y mis carteras’, recuerda.
De esas consultas surgió una observación que con el tiempo se transformaría en una oportunidad: ‘Rápidamente me di cuenta de que ese ‘no sé qué’ argentino tenía un valor agregado en Estados Unidos’.
La pandemia intensificó otra faceta de su nueva vida. Molina comenzó a actuar, casi de manera natural, como un nexo entre ambos países. En un principio, no planeaba crear su propia empresa; de hecho, su intención era utilizar su situación legal y su conocimiento del mercado estadounidense para ayudar a emprendedores cordobeses a trascender dicha frontera.
El proyecto empresarial emergió años más tarde y bajo circunstancias menos predecibles. En 2025, Molina participó de un entrenamiento de liderazgo enfocado en un cambio personal, ‘el paso del miedo a la confianza’. Ese mismo año, su compañía inició un proceso de reducción de personal, momento en el que la idea de emprender se tornó algo concreto.
‘A finales de octubre, me encontré diseñando con total seguridad lo que hoy es una realidad: Bridgearg’, explica. Su premisa consistía en conectar y valorar el arte argentino en Estados Unidos. Para ello, requería más que una plataforma digital; era imprescindible contar con curaduría, artistas, logística, comercio exterior, abogados, contadores, y una estructura que pudiera operar en ambos lados.
Molina presentó su idea a un evaluador y, tras recibir observaciones, se vio impulsada a realizar consultas legales y fiscales en Estados Unidos. Posteriormente, inició la búsqueda de un equipo. Un contacto familiar la llevó a la curadora Carmela Gastaldi.
‘Hubo conexión instantánea. Comprendimos que compartíamos los mismos términos en lo que queríamos para el proyecto: seriedad, solidez y crear valor a partir del arte argentino’, afirma Molina. Ella le proporcionó a Gastaldi una lista de más de 50 artistas y artesanos, otorgándole libertad total para modificarla.
Gastaldi le consultó: ‘¿Tienes algún compromiso con alguien a quien tenga que dejar?’. La respuesta definió una de las premisas del emprendimiento: ‘Esto es un negocio; los compromisos quedan afuera. Solo entran los mejores según tu criterio’.
De aquella lista, solo sobrevivieron dos o tres nombres. Gastaldi seleccionó inicialmente diez artistas para la etapa del producto mínimo viable y comenzó a establecer contacto con ellos.
‘Buscábamos hallar diferentes voces, lenguajes y sensibilidades que pudieran reflejar la diversidad de artistas que, desde sus respectivas búsquedas, pudieran transmitir un poco de nuestra identidad, cultura y forma de ver el mundo’, explica la curadora.
Para ella, la propuesta no se limitaba a vender obras en el exterior; era también ‘la posibilidad de construir un verdadero puente entre dos naciones, convirtiendo al arte en el lugar de encuentro’.
Ignacio Concioni, hijo de Molina y especializado en programación, se unió al proyecto. En una conversación con Fabio Egea, el primer artista con el que se encontraron, Concioni sugirió que se debía replantear el concepto inicial para ajustarse a las necesidades y posibilidades de los artistas.
Utilizaron ahorros familiares para financiar el proyecto luego de discutirlo en familia; los otros dos hijos, aunque sin funciones en la empresa, se sumaron a la sociedad constituida en Argentina. Para el branding, acudieron a una agencia de diseño formada por dos profesionales cordobesas. La logística está a cargo de un sobrino de Molina, especializado en el área y con experiencia en una empresa de logística, y también se sumó un asesor en comercio exterior especializado en arte.
Los equipos legales y contables de ambos países comenzaron a colaborar hasta fundar Bridgearg LLC en Estados Unidos y establecer la estructura necesaria en Argentina.
La estrategia de la empresa consiste en que el valor del arte argentino no se diluya en una exportación más, sino que se convierta en una marca y una propuesta comercial. ‘El arte tiene la capacidad de superar fronteras, generar conexiones y acercar culturas’, concluye Gastaldi.