Para el mercado financiero, nunca es oportuno que llegue un shock externo. Pero el efecto se vuelve más áspero cuando los principales aliados políticos están debilitados y la economía permanece estancada. La caída de los bonos y las acciones locales no responde únicamente a factores propios: también pesa lo que ocurre en los mercados internacionales. Más allá del ruido regional provocado por el escándalo de un banco paraguayo, en las últimas horas se conocieron las pérdidas de algunos fondos de cobertura, como Walleye Capital, y varios cierres de posiciones que desconcertaron a los operadores. Un gestor conocido reconoció ante sus pares que hacía tiempo no veía una ola de ventas semejante y que no aparecía demanda.
En ese contexto, los bonos soberanos argentinos volvieron a sufrir fuertes bajas, al igual que las acciones locales. Distinguir cuánto responde a factores internos y cuánto a los externos importa menos que intentar protegerse. Un estratega de una mesa local les señaló a sus clientes que había precios muy atractivos para entrar si confiaban en la continuidad de Milei, pero que también resultaban convenientes para salir. La incertidumbre local quedó reflejada, en el plano internacional, en el avance del índice VIX, que igualó la suba registrada al comienzo de la guerra en Irán.
La caída de los bonos y las acciones locales está influida por las pérdidas de fondos de cobertura internacionales y las ventas masivas.
También se hizo evidente, aunque ya venía ocurriendo de manera silenciosa desde hacía meses, una rotación de carteras. Algunas inversiones parecen alejarse de la inteligencia artificial. Un gestor de Wall Street comentó que la tendencia consiste en reducir la exposición a apuestas especulativas en tecnología e inteligencia artificial y trasladar posiciones hacia compañías consolidadas, con ganancias y flujos de caja más previsibles.
Un encuentro virtual organizado semanas atrás encontró a operadores e inversores en plena incertidumbre. Según explicó el jefe de Investigación, los niveles y precios actuales muestran que, tanto en acciones como en bonos, el mercado ya opera en clave electoral. El tipo de cambio, en cambio, todavía no.
En otra conferencia telefónica, un analista de larga trayectoria recordó el principio que había guiado las operaciones hasta ahora: si a Trump le va bien, a Milei le va bien, y viceversa. La conclusión, sostuvo, es que en adelante las cosas serán más difíciles para Milei, como también lo serán para Trump. El republicano, sin embargo, no solo redoblará la apuesta: también buscará evitar que lo vean como un pato rengo. Para eso recurrirá a una Corte Suprema de inclinación conservadora que, aunque le impondrá límites —sobre todo ante sus amenazas de abusar de los decretos de necesidad y urgencia—, no lo empujará a una crisis ni a la ingobernabilidad.
Milei, por su parte, comenzó muy temprano a anunciar medidas para flexibilizar su programa y tiene en la actividad económica su espada de Damocles. Quizá el papa León XIV pueda darle alguna bendición que lo saque del desconcierto que muestra, mientras se intensifica la disputa con la senadora Bullrich.
Entre las inquietudes del mercado, cayó mal la decisión de BYMA de elevar las exigencias de liquidez para las cauciones. En materia de recomendaciones, se impone la curva CER: el TZXD6 para el corto plazo y el TZXY7 para el largo. También aparece el bono dual Tamar Dólar Linked TMVE8, que ofrece una tasa variable y una opción de cobertura cambiaria para protegerse ante una devaluación.
Los inversores reducen su exposición a apuestas especulativas en tecnología y se inclinan por empresas con ganancias más previsibles.
Uno de los consultores más reconocidos admitió ante un grupo reducido que entre sus clientes predominaba el pesimismo. También pidió disculpas por su optimismo, aunque sus proyecciones son modestas y anticipan un 2027 muy gris. Ante un intercambio sobre las reservas, recomendó empezar a observar la banda cambiaria: según supo, el Fondo Monetario Internacional le habría dicho al ministro de Economía, conocido como el “Toto”, que no veía problemas porque había margen para que el tipo de cambio llegara al techo. La posibilidad inquietó al ministro.
El shock de Brasil puso a prueba, precisamente, la regla del techo, que resistió. Lo que no soportó fue el riesgo país, que volvió a subir tras la derrota de Trump en las elecciones de Estados Unidos y las nuevas turbulencias globales. También comenzó a instalarse la idea de que la llamada “bazuca cambiaria” serviría más para financiar al Tesoro que para contener las presiones sobre el tipo de cambio.
Las compras del Banco Central (BCRA) generaron un amplio debate, sobre todo después de las declaraciones de Arriazu. Desde una sociedad de bolsa en expansión respondieron que, si el BCRA acelerara con prudencia la compra de reservas en momentos como el actual, el sector público tendría más recursos para afrontar sus vencimientos. Esa es la intención de la entidad, que continúa comprando mientras el tipo de cambio avanza por debajo de la inflación. Sin embargo, esa política presiona a la baja sobre el mercado cambiario.
En una conversación entre mesas de cambio internacionales señalaron que las monedas latinoamericanas enfrentan presiones opuestas, debido a los mayores rendimientos en Estados Unidos, la fortaleza del dólar y los riesgos políticos internos, factores que están redefiniendo el panorama regional.
El real brasileño sufrió un fuerte retroceso después de las elecciones y la credibilidad fiscal pasó a ser la principal preocupación. Se espera que la moneda se recupere hasta 5,25 reales por dólar en doce meses, aunque las persistentes presiones sobre el gasto limitarían la confianza.
El peso mexicano se debilitó luego de que el giro más restrictivo de la Reserva Federal erosionara su ventaja de “carry trade”. Las estimaciones lo ubican en 18,50 por dólar dentro de tres meses, aunque prevén un margen acotado para una apreciación sostenida. Para el peso argentino, en cambio, se espera una relativa estabilidad, respaldada por la intervención del BCRA y la acumulación de reservas, pese al aumento de los diferenciales soberanos y a las crecientes dudas sobre el financiamiento.
En Colombia, el excepcional rendimiento de las operaciones de acarreo sigue sosteniendo al peso, pero los riesgos fiscales y la falta de liquidez en dólares amenazan con provocar una depreciación mayor. Las proyecciones sitúan la moneda en 3.750 por dólar dentro de doce meses. El peso chileno, por su parte, parece sobrevendido. Las ventas de dólares del Gobierno, la resistencia de los precios del cobre y el desarme de posiciones cortas especulativas respaldarían una recuperación gradual hasta los 900 pesos por dólar.
Perú conserva los fundamentos externos más sólidos de la región, reforzados por un superávit récord de cuenta corriente. Se espera que las tasas suban 25 puntos básicos en noviembre y que el tipo de cambio llegue a 3,38 dentro de doce meses.