Su narración es la de un joven de los suburbios que llegó a Buenos Aires cargando una guitarra, una melena desaliñada y una sensibilidad difícil de contener. Era el chico tímido y salvaje que contribuyó a la creación de un tema que transformó para siempre el rock argentino. Era el joven que encontraba refugio en plazas, hogares ajenos o, a veces, en ningún lugar. Era el artista capaz de tocar las fibras del corazón con melodías simples, al tiempo que se desmoronaba frente a quienes lo admiraban.
Tanguito encarnó múltiples facetas: fue poeta de la calle, músico errante, pionero, enamorado infatigable y un espíritu roto. Más que nada, representó el símbolo de una generación que emergía con algo innovador en la Argentina de los años sesenta: un nuevo modo de cantar, vivir y observar el mundo.
A más de cinco décadas de su partida, su figura sigue suscitando el mismo interés. Porque más allá de la leyenda, hay una historia profundamente humana. Es la vida de un chico de barrio que nunca halló un lugar donde sentirse protegido.
Nacido el 16 de septiembre de 1945 en San Martín, José Alberto Iglesias creció en Caseros, una localidad del Gran Buenos Aires. Hijo de José Iglesias, un vendedor ambulante, y Juana Correa, empleada doméstica, la familia vivía con escasos recursos. No había en su infancia indicios de que este joven flaco, callado y descuidado se convertiría en una de las figuras fundamentales del rock nacional.
El entorno barrial forjó gran parte de su carácter. Creció en calles de tierra, clubes de vecindario, talleres mecánicos y sintonizando radios que transmitían los nuevos sonidos provenientes de Estados Unidos. Elvis Presley, Bill Haley y Eddie Cochran irrumpieron en su vida como una revelación.
La escuela no logró atraparlo. Tenía dificultades para concentrarse, obedecer y adaptarse. Abandonó sus estudios a una edad temprana y, aunque asistió brevemente a cursos de jardinería y paisajismo en el Jardín Botánico, tampoco allí permaneció mucho tiempo. Lo que realmente le importaba era la música.
A los 15 o 16 años, ya asistía a clubes de Mataderos y Flores donde se bailaban tango, boleros y música tropical. Sin embargo, su energía era diferente. Mientras los demás se atuvieron a los pasos convencionales, José se movía al estilo de los jóvenes del rock norteamericano. Se agachaba, improvisaba y giraba sobre sí mismo. Esa singularidad despertó el interés de quienes lo rodeaban. En contraste con el tango que predominaba en aquellos bailes, sus amigos empezaron a apodarlo “Tango”, que luego se transformó en el cariñoso “Tanguito”.
