Economía

Hacia un país inclusivo: desafíos y oportunidades

En las últimas semanas, ha resurgido una idea que resulta atractiva y difícil de cuestionar: la necesidad de edificar un país que incluya a todos.

Esta consigna se escucha a menudo en discursos políticos, entrevistas y debates económicos, y es comprensible, ya que pocos podrían oponerse a una sociedad con menos pobreza, más oportunidades y un mayor potencial de desarrollo.

No obstante, detrás de esta frase se oculta una cuestión que merece un análisis más profundo: ¿qué modelo económico ha logrado realmente incluir a todos en Argentina?

Esta pregunta es fundamental, dado que muchas críticas hacia el actual proceso de transformación económica surgen de la percepción de que genera ganadores y perdedores, así como sectores beneficiados y otros perjudicados. Esta observación es válida, ya que los cambios rara vez son equitativos; algunos sectores encuentran nuevas oportunidades de inversión, mientras que otros enfrentan grandes desafíos para adaptarse.

Sin embargo, esto no aborda la cuestión central. Lo realmente relevante es si el modelo económico que ha prevalecido en gran parte de las últimas décadas ha producido mejores resultados en términos de inclusión social.

La evidencia sugiere que no es así.

A lo largo de los años, la pobreza ha ido en aumento, convirtiéndose en un fenómeno estructural que afecta a más de un cuarto de la población actual. En cada crisis económica, los índices de pobreza han superado el 50%. Las personas que han quedado rezagadas en este proceso también formaban parte de esa sociedad que supuestamente debía incluir a todos.

Resulta curioso que la discusión sobre inclusión surja en este momento, luego de décadas de un esquema económico que acumuló pobreza, informalidad y estancamiento sin suscitar la misma preocupación. Si bien la cuestión distributiva es importante, antes de indagar cómo se reparte el ingreso, conviene preguntarse cómo generarlo.

Los datos proporcionan una perspectiva clara. De acuerdo con estimaciones del Fondo Monetario Internacional, entre 1980 y 2025, la economía argentina apenas habrá duplicado su tamaño. En contraste, Brasil y México lo han multiplicado casi por tres, Colombia más de cuatro veces, y Chile cerca de seis. Las comparaciones se hacen con economías que también enfrentaron desafíos, pero que lograron algo que Argentina no ha conseguido: mantener el crecimiento durante períodos prolongados.

Las repercusiones de este rezago son palpables. Se manifiestan en salarios reales que tienen dificultades para crecer de manera sostenida, en oportunidades laborales escasas y en niveles persistentemente altos de pobreza.

Un ejercicio que puede ayudar a entender la magnitud del problema es comparar el ingreso actual de Argentina con una distribución similar a la de los Países Bajos, una de las sociedades más equitativas del mundo. Si se aplicara esa distribución, la cantidad de hogares en situación de pobreza prácticamente se podría duplicar.

Este resultado revela una realidad incómoda: incluso si se resolviera el problema de la distribución, la pobreza aumentaría. La difícil conclusión es que el principal desafío en Argentina no radica en cómo se distribuye la riqueza, sino en la insuficiencia para generar ingresos. La discusión sobre cómo dividir los recursos es relevante, pero cuando el total es demasiado pequeño, incluso las estrategias más efectivas de distribución tienen límites evidentes.

Por ello, la reducción efectiva de la pobreza requiere crecimiento; no hay casos de éxito en la reducción sostenida de la pobreza que se basen únicamente en políticas redistributivas. Las naciones que han logrado mejoras permanentes en su nivel de vida son aquellas que han conseguido aumentar su capacidad de producción, inversión e innovación durante largos períodos.

Así, la pregunta cambia de ser distributiva a ser productiva: ¿qué condiciones son necesarias para sostener el crecimiento?

La primera condición es la estabilidad macroeconómica. Sin esta, es inviable mantener procesos de inversión a largo plazo. Una empresa que contempla incorporar tecnología, ampliar su capacidad o explorar nuevos mercados necesita previsibilidad. De igual manera, un trabajador que busca capacitarse necesita sectores estables que le brinden oportunidades a largo plazo.

La historia argentina demuestra lo contrario. Durante décadas, hemos lidiado con desequilibrios fiscales recurrentes. Cuando esos déficits se financiarán mediante emisión monetaria, se tradujeron en inflación y crisis cambiarias; y cuando se apoyaron en endeudamiento, resultaron en crisis de deuda. A pesar de los diferentes mecanismos, el resultado ha sido similar.

La inflación no solo deteriora los ingresos y aumenta la pobreza, sino que también obstaculiza la asignación eficiente de recursos. Distorsiona los precios relativos, acorta los horizontes de planificación y a menudo enmascara ineficiencias que en un contexto estable serían evidentes. La estabilidad macroeconómica no garantiza el crecimiento, pero sin ella resulta extremadamente complicado sostenerlo.

La segunda condición es la inversión. Ningún país ha logrado crecer de manera sostenida sin aumentar de forma constante su capital, incorporar tecnología, mejorar su infraestructura y elevar la productividad de su economía. Precisamente aquí radica uno de los mayores desafíos argentinos.

Durante años, se han fomentado incentivos que en muchas ocasiones priorizaron la protección en lugar de la innovación, la captura de rentas en lugar de la competencia, y la supervivencia en lugar de la inversión. El resultado ha sido una economía menos capaz de generar productividad y sostener mejoras permanentes en la calidad de vida.

Lo paradójico es que esta discusión se da en uno de los momentos de mayor oportunidad de la historia recent argentina. El mundo demanda alimentos, energía, minerales estratégicos y servicios basados en conocimiento; Argentina tiene ventajas potenciales en cada uno de estos sectores. Además, se da una transformación geopolítica que está cambiando los patrones de comercio e inversión. En la actualidad, ya no solo se valora quién produce a menor costo, sino también quién ofrece estabilidad, seguridad jurídica y confiabilidad como proveedor a largo plazo. Rara vez Argentina ha contado con recursos naturales abundantes, capital humano competitivo y un contexto internacional tan favorable en simultáneo.

La verdadera cuestión no es si deseamos un país que incluya a todos; sobre eso hay consenso. La discusión se centra en cómo lograrlo. La experiencia de las últimas décadas evidencia que la inflación, los desequilibrios fiscales, las crisis recurrentes y el estancamiento económico no han promovido la inclusión, sino que han generado más pobreza.

Hoy, Argentina tiene una oportunidad que pocas veces ha tenido en su historia. Aprovecharla exige estabilidad macroeconómica, inversión, productividad y crecimiento sostenido. No hacerlo también implica un costo que, basándonos en la experiencia de los últimos cincuenta años, podemos estimar con bastante precisión.