La preparación para el acontecimiento había comenzado la tarde anterior, cuando la FIFA envió la Copa del Mundo. Este trofeo llegó unas horas antes del encuentro por el tercer puesto entre Brasil e Italia, para evitar tumultos. Su llegada fue un acto casi privado, donde el General Merlos, presidente del EAM 78, firmó un acta que lo hacía responsable por el trofeo. Para garantizar su seguridad, cerró la oficina con múltiples llaves y dejó a seis guardias custodiando la puerta.
Desde temprano, la mañana del partido, muchos fanáticos esperaban para ingresar al estadio. Las puertas se abrieron a las 10, desatando una gran multitud que portaba gorros, banderas y una variedad de accesorios celestes y blancos, mientras el ambiente se cargaba de expectación. Sin embargo, un grupo de operarios de Segba llegó en una combi naranja y fue malinterpretado como hinchas holandeses, lo que provocó una situación peligrosa.
Las bandas militares que se encargarían de los himnos también recibieron instrucciones específicas, prohibiendo marcar el paso para no dañar el césped. Así, mientras la atención se centraba en el esperado partido, se llevó a cabo una cena de clausura que pasó desapercibida para la mayoría.
“Conseguí una popular, así que llegué casi cuatro horas antes y había muchísima gente. Desde que entré me la pasé llorando. Iba a ser uno de los pocos privilegiados que iba a presenciar una final de copa del mundo”, rememoró Jorge Obiglio, un inmobiliario que vivió ese día con intensidad.
La demanda de entradas había disparado precios, alcanzando cifras sin precedentes. Hubo quienes ofrecieron su local comercial a cambio de un par de tickets, y otros intentaron permutar vehículos por una entrada. Simultáneamente, la selección argentina se dirigía al estadio, enfrentándose a un mar de fanáticos que reconocían el micro. Tanta fue la multitud que el micro tuvo que cambiar su ruta, llegando a la cancha solo 50 minutos antes del partido.
Los jugadores, en silencio y concentrados, recibieron una arenga de Menotti recordando que estaban allí por y para el apoyo incondicional de la gente. El espectáculo comenzó con una deslumbrante lluvia de papelitos que cubrió las gradas. Antes del inicio, un contratiempo surgió por el yeso en el brazo de uno de los jugadores holandeses, que generó un breve conflicto con el árbitro.
El partido, repleto de tensión, fue una guerra en el campo de juego. Argentina tomó la delantera con un gol de Kempes, y mientras la selección se defendía con determinación, la tensión aumentó. Al final, Argentina se consagró campeón del mundo por primera vez, desatando una euforia indescriptible entre los hinchas.
El Mundial ’78 se caracterizó no solo por la masividad de los festejos, sino también por la paradoja de su contexto, ya que se desarrolló en un país sumido bajo una dictadura. Las celebraciones extendieron la alegría a cada rincón del país, trascendiendo a lo que se creía posible en tiempos oscuros. Eduardo Sacheri afirmó que el entusiasmo era “descomunal” y que la gente celebró porque deseaba celebrar, contrastando este fenómeno con la represión que se vivía en ese entonces.
Los festejos no se limitaron a Buenos Aires, sino que se extendieron a cada población, reflejando una participación que algunos estiman alcanzó al 65% de la población. Para muchos, estos días fueron un respiro en medio de una realidad opresiva, donde el gozo y la esperanza florecieron en un clima festivo que parecía desafiar la censura y el miedo.
El fenómeno del Obelisco como epicentro de celebración se consolidó durante el Mundial. Las transmisiones de Gran TV Color atrajeron multitudes que, tras la victoria, se dirigían en masa a este símbolo porteño, convirtiéndolo en el punto de encuentro para festejos deportivos por décadas.
Así, el 25 de junio de 1978 se convirtió en un día que caracterizó no solo una victoria futbolística, sino también un momento singular en la sociedad argentina, donde la alegría resonó en un país que había estado sumido en el silencio.
