Funcionarios del Gobierno afirman que el incremento en el tipo de cambio ocurrido entre principios y finales de junio no impactó en el comportamiento de los precios, tanto en ese periodo como en el siguiente. Este fenómeno fue objeto de análisis en el último informe trimestral de gestión del Banco Central, donde se postuló que el dólar habría logrado “desenganchase” del IPC, al menos en términos de efectos inmediatos.
Esta visión se encuentra reflejada en el reciente Informe de Política Monetaria (IPOM) de la entidad. El Banco Central defendió una de las hipótesis centrales de su programa económico: la teoría de que el impacto de las variaciones del dólar en los precios ha perdido fuerza, de modo que la inflación ha comenzado a reaccionar cada vez menos a los movimientos cambiarios de corto plazo.
El documento sostiene que durante el segundo trimestre del año, “los bienes del IPC-S (subyacente, una medición adoptada por el banco) continuaron evidenciando cierta desvinculación respecto a las fluctuaciones del tipo de cambio nominal”.
Como ilustración de esta tendencia, se mencionó que en junio, el dólar oficial vio una aceleración en su ritmo de aumento, alcanzando un promedio del 3,9% mensual y un 5,2% entre puntas, mientras que la inflación subyacente de bienes cayó hasta el 1,5%. “Así como la caída promedio del tipo de cambio en los primeros meses del año no se reflejó rápidamente en una desaceleración de los precios de los bienes subyacentes, el incremento en el ritmo de subida del tipo de cambio nominal durante junio coincidió con la moderación” de este conjunto de precios, se detalla en el informe.
Según el Banco Central, este comportamiento evidencia una “esperable baja correlación” entre las variaciones cambiarias de corto plazo y la evolución de los precios. Esta explicación resulta relevante, ya que constituye uno de los principales argumentos del gobierno para sustentar que la reciente aceleración del dólar, que superó los $1.400 en junio, tampoco debería causar un impacto significativo en la inflación. A pesar de la mayor volatilidad cambiaria observada el mes anterior, la mayoría de las consultoras del mercado proyecta un IPC nacional que alcanzaría cerca del 2%.
El Banco Central fundamenta esta hipótesis en la evolución de la inflación subyacente, la cual considera un indicador más adecuado de la tendencia en el fondo. Este indicador excluye precios como alquileres, expensas y determinados cortes de carne, que son considerados volátiles y que perturban una medición más estable.
De acuerdo con el IPOM, el IPC-S del Banco Central tuvo un aumento mensual promedio del 2,1% durante el segundo trimestre, y retrocedió a 1,6% en junio, un nivel que el organismo califica como comparable con los observados en 2017. Además, enfatiza que la desaceleración no se debe exclusivamente a factores estacionales o transitorios, sino que responde a un fenómeno más amplio.
“La reducción de la inflación no se debe solo a factores transitorios y estacionales en ítems específicos del IPC, sino que resulta de un proceso difundido, atribuible a los determinantes profundos del régimen macroeconómico”, afirma el documento.
El Banco Central atribuye dicha evolución al equilibrio fiscal, la eliminación del financiamiento monetario del Tesoro y la inclinación contractiva de las políticas fiscal y monetaria, las que, según su análisis, han contribuido a controlar los efectos de segunda ronda y a reducir la inercia inflacionaria.
El informe también contempla una proyección para los próximos meses. Aunque no se arriesga a dar cifras precisas, se estima que la secuencia de inflación para el tercer trimestre debería ser inferior a los índices observados entre abril y junio. Esta situación se prevé debido a la disipación de factores transitorios que habían elevado el IPC a comienzos de año, como los incrementos estacionales en carnes, educación y vestimenta, así como las actualizaciones de tarifas y el impacto de los conflictos en Medio Oriente que han elevado los precios del petróleo a nivel global.
La entidad espera que la medición de inflación subyacente continúe en descenso como resultado del ajuste fiscal, el endurecimiento monetario y una “cierta desvinculación a corto plazo entre el tipo de cambio y los precios”. Además, proyecta un contexto estacional favorable para algunos alimentos y una estabilidad en los precios de los combustibles, aunque aclara que este último aspecto dependerá de cómo evolucione el conflicto en Medio Oriente.
A pesar del enfoque optimista en torno al proceso de desinflación, el Banco Central identifica un riesgo clave que podría alterar este camino. Este riesgo proviene del ámbito externo, dado que una eventual escalada en el conflicto en Medio Oriente podría afectar el precio del barril de crudo y, a su vez, ejercer presión sobre el precio de los combustibles en las estaciones de servicio.
