Su trayecto es todo menos convencional. Se ha enfrentado a mudanzas, barreras idiomáticas, becas internacionales, años en laboratorios de genética vegetal y una incesante búsqueda de conocimiento. Actualmente, lidera proyectos destinados a transformar residuos vegetales en nuevas fuentes de proteína para el consumo humano, enfocándose especialmente en los desechos de la planta del tomate.
Cano nació y creció en una ciudad fuertemente ligada a la agricultura. Aunque su familia no era propietaria de tierras, mantenía vínculos con el sector: “Mi padre y mis tíos siempre tuvieron una relación con el sector, pero como mecánicos; reparaban maquinarias para el campo”, rememora.
Su niñez transcurrió entre la escuela y los paisajes rurales, caracterizada por una constante curiosidad hacia la naturaleza. Sin embargo, fue un cambio en su educación lo que transformó su vida. “Pasé de compartir un salón de clase con 30 compañeros a uno con solo 17. Eso me impactó y descubrí una Sofía responsable que disfrutaba estudiar”, comenta.
Este cambio se dio al dejar la escuela pública para asistir a un colegio privado, donde se destacó académicamente y encontró habilidades aún no desarrolladas: “Pude afinar lo que quizás tenía latente por no haber sido estimulado anteriormente”.
Al final del secundario, Sofía ya había decidido qué quería estudiar: una carrera relacionada con el agro. “Siempre quise estar en el campo porque me encantaban las plantas y la naturaleza. Mi interés se centraba en la biología”, explica. Esta convicción se consolidó tras realizar prácticas en el INTA de Mercedes, donde descubrió que su pasión era la Agronomía. Así, se inscribió en la UNNE, una etapa que valora especialmente: “La vida universitaria fue, sin duda, la mejor experiencia que tuve”.
Además del aprendizaje académico, destaca la camaradería presente en su carrera. “Agronomía es muy solidaria. Todos nos ayudábamos. Estudiábamos juntos, celebrábamos los logros y nos apoyábamos en los fracasos”, recuerda. Se graduó en 2016, pero tras obtener su título, se sintió perdida. No encajaba en las áreas tradicionales y se dio cuenta de que su verdadera pasión era la investigación. “Comprendí que era muy meticulosa y persistente, lo que me llevó a enfocarme en la ciencia”, señala.
El sendero hacia la investigación no fue sencillo. Mientras muchos de sus contemporáneos trabajaban en su perfil científico desde el inicio de la facultad, Sofía había concentrado sus esfuerzos en los estudios. “Me encontré con la realidad de que ser ingeniera agrónoma no era suficiente”, reconoce.
Decidió regresar al INTA Mercedes en busca de oportunidades y, gracias a contactos obtenidos durante un intercambio académico en Brasil, se comunicó con un profesor argentino que se encontraba en Estados Unidos. En 2018, logró ingresar a la Universidad de Florida con la intención de cursar una maestría, aunque se topó con una dificultad: su nivel de inglés no era el adecuado. “Mi dominio del idioma no cumplía con los requisitos para el programa de maestría”, explica.
Sin rendirse, Sofía aprovechó la experiencia para mejorar su inglés y comenzó a trabajar en un programa de mejoramiento genético de forrajes, relacionado con su experiencia anterior. Luego, se unió a un grupo especializado en genética molecular y biotecnología vegetal. “Fue un periodo de crecimiento notable para mí”, resume.
Durante tres años y medio acumuló experiencia y finalmente aprobó los exámenes de inglés necesarios para postular a estudios de posgrado. De este modo, comenzó a enviar solicitudes para becas internacionales: “Es como colocar los huevos en varias canastas”, aclara. La oportunidad que finalmente eligió la condujo a Europa, donde entre 2021 y 2023 cursó una maestría internacional que abarcó estudios en Hungría y España, además de un periodo de trabajo en Syngenta en programas de mejoramiento genético. A continuación, realizó una pasantía en los Países Bajos en una empresa de semillas hortícolas, buscando adquirir experiencia en el sector privado.
La etapa en Holanda fue transformadora, atrayéndola con su avanzada tecnología y la importancia de la agricultura en la economía y la investigación. Tras finalizar su maestría, regresó brevemente a Estados Unidos, pero ya tenía claro su próximo objetivo: “Era necesario dar el paso final hacia el doctorado”, indica.
En noviembre de 2024 comenzará su doctorado en Wageningen University & Research, un referente mundial en ciencias agrarias. “Cualquiera que estudie agronomía reconoce la reputación de esta universidad”, sostiene.
En la actualidad, forma parte de un grupo de investigación en bioeconomía, orientado a maximizar el valor de los materiales vegetales, enfrentando así uno de los desafíos en la producción: reciclar residuos agrícolas frecuentemente descartados. “Mi proyecto consiste en revalorizar los residuos de las plantas de tomate”, explica, buscando extraer compuestos de interés económico de estos restos, específicamente, proteínas de las hojas para el consumo humano.
Por el momento, no planea regresar a Argentina. Su meta es completar su doctorado en el área de Mejoramiento Genético Vegetal y luego hacer una transición definitiva hacia la industria de semillas y biotecnología en Europa. “Espero acabar el doctorado y dar el salto a alguna empresa del rubro”, concluye.
Desde Holanda, trabaja en uno de los epicentros de la innovación agrícola global, manteniendo siempre presente sus raíces y la motivación que encendió su pasión por el agro.
